No cambies, Justin

By miércoles, febrero 7, 2018 0 , , , , Permalink

Justin Timberlake actuó en el descanso de la Superbowl el mismo fin de semana que salió a la venta su último disco, Man Of The Woods, recibiendo críticas que expresan un gran “meh” colectivo. Pero al ver el espectáculo que dio en el estadio de Minneapolis me di cuenta de que la carrera de Justin, a pesar del tibio recibimiento de su último trabajo, no corre peligro en absoluto.

Cuando ves el show en el que hace el típico medley (mejunge) de sus canciones más conocidas, queda claro que tiene suficiente material en su trayectoria en solitario como para aguantar el resto de su vida tocando en estadios o teatros muy, muy grandes. En menos de quince minutos repasó hits, y se dejó fuera unos cuantos más. Rodeado de millones de espectadores, desde las gradas y desde sus casas, a Justin se le vio en su salsa. No es que hiciera falta que nos recordase lo talentoso que es, ya que ha demostrado desde el principio que es un auténtico entertainer, capaz de deslumbrar con canto y baile al igual que hacernos reír e incluso pasar algo de ansiedad en la butaca de cine.

Aún así, leo que su actuación en el acontecimiento deportivo más grande de los EE.UU. no ha impresionado a mucha gente que opina profesionalmente sobre este tipo de eventos, quizás porque Justin hizo lo que siempre ha hecho bien. Cantar y bailar sin salir de su zona de confort. Su gran virtud es que siempre ha sido inofensivo. Las veces que ha intentado reivindicar algo, aunque fuese tímidamente, se le ha vuelto en su contra, unos pocos minutos. La Superbowl sin embargo no es una alfombra roja de celebrities. Es el espejo de América con el que no se juega.

La Superbowl sin embargo no es una alfombra roja de celebrities. Es el espejo de América con el que no se juega

En cuanto una saca un pezón o muestra una peineta a cámara, se va todo a la mismísima mierda. Janet Jackson tuvo que vivir pidiendo más disculpas que un penitente en Semana Santa, y M.I.A. fue prácticamente expulsada del país, y tuvo que venderse a una marca textil para poder pagar las multas que le estaban llegando por ofender a los espectadores. Lady Gaga actuó en un momento en el que el futuro de su carrera se estaba poniendo en duda, y fue cautelosa y exquisita con su habitual reivindicación del colectivo LGTBQ. Del escándalo del pezón de Janet que Timberlake co-protagonizó, apenas fue salpicado, a pesar de haber sido el que tiró del velcro -una muestra de lo tolerante que es el pueblo estadounidense con el acto de un chico blanco y lo castigador que puede llegar a ser con una mujer de piel oscura en un mismo instante-. Justin siempre libra. Es el yerno al que todo se le puede perdonar. Y encima el muy cabrón tiene un don para la comedia que no le falla cuando actúa junto a superdotados del género como los Lonely Island o su BFF, Jimmy Fallon. En Wonder Wheel, de Woody Allen, hasta sostiene su peso actoral frente a una bestia como Kate Winslet. El chaval es un prodigio del entretenimiento, nadie lo duda.

En lo musical, que es lo que realmente justifica su razón social, no puede tener mejores aliados. Desde que iniciara sus bromances con Pharrell Williams y Timbaland, sus decisiones musicales están bien guiadas. Aunque sea capaz de engatusar a su público con baladas épicas como ‘Mirrors’, donde realmente se luce es cuando hace esos pasos de footwork mientras suelta gorgoritos, y ambos productores tienen en él un perfecto emisario para alcanzar cimas con las bases y ritmos que definieron dos décadas de pop, como la vez que Quincy Jones encontró a Michael.

Justin fue de los más improbables en conquistar a un público más allá de las fans adolescentes que crecieron con N’Sync. Es de los pocos ex-integrantes de una boyband cursi que no daba vergüenza admitir que molaba. Robbie Williams caía bien por sus desmadres y gamberradas fuera del escenario más que por sus decentes logros musicales, pero Justin realmente se estaba ganando el titulo de sucesor de Michael.

A principios de los años 2000, sucedían cosas interesantes en el mundo del pop mainstream. Eran los años de Eminem, Outkast y los Neptunes, entre muchos otros. Recuerdo perfectamente como artistas indies o rockeros empezaban a confesar en entrevistas que ‘Like I Love You’ les parecía irresistible, y cuando los White Stripes lo versionaron en varios conciertos, le regalaron a Justin un carnet de guay que ningún ejecutivo de JIVE (su sello por aquel entonces) sabría encontrarle a golpe de talón.

Cuando el joven de Memphis apareció disfrazado de delfín, tocando el bajo en ‘Yoshimi Battles The Pink Robots’ con los Flaming Lips en Top Of The Pops, le cayó la tarjeta black del coolness, y no ha vuelto a mirar hacia atrás.

Daban igual los atentados contra el estilo y decencia que perpetró de la mano de su ex-novia, Britney Spears, cuando acudían juntos a galas de premios, era imposible que no cayese bien.

Con cada lanzamiento discográfico ha medido muy bien el apetito del mercado, y nunca se ha pasado de moderno ni ha llegado tarde a pillar el autobús, excepto ahora con Man Of The Woods, con el que ha cometido los dos errores a la vez. La apropiación de la pose del leñador sensiblón para las fotos y vídeos que acompañan este lanzamiento ha llegado diez años después de que Bon Iver lanzara For Emma, Forever Ago, y han intentado aplicar el “color de la temporada” a su portada dos años después de que Kanye lanzara The Life of Pablo, mientras que la supuesta mezcla de sonidos tradicionales sureños que promete en los adelantos promocionales no llega a ser tan visionaria como el uber-pop que plasmó en FutureSex/Lovesounds. Me imaginaba a Justin entrando al estudio de Timbaland o Pharrell clamándoles que encontraran el sonido de los Fleet Foxes si fuesen B-Boys, pero los experimentos no superan una colaboración con Chris Stapleton, ideal para interpretar en un escenario como el de los Grammy, donde nunca sucede nada excesivamente transgresor si no aparece Kendrick Lamar encadenado. Sabiendo los millones que Justin Timberlake aún es capaz de generar con su música a sus agentes intermediarios, no me extrañaría que detrás de él, sentado en un sofá de cuero en el estudio de grabación estuviera un Jimmy Iovine, o uno de esos gurús de la industria que supieron estar en el sitio adecuado en el momento oportuno, dando su opinión, aconsejándoles que no se alejen demasiado del camino que llevan trazando desde Justified. Hay momentos como en la canción ‘Flannel’ en la que Justin imposta un acentazo sureño, y no sabes si se estaba riendo de sí mismo como cuando echa el ratillo con Andy Samberg, o si realmente cantaba con su mano sobre el corazón. Tan hábil es el intérprete que logra ponerse convincentemente serio delante del micrófono, mientras sospechas que le tiembla levemente la mejilla aguantando la risa.

Para fans de su música, diría que el álbum está bastante bien. Para captar nuevos oyentes más sedientos por el tipo de pop que está definiendo esta parte de la década, quizás lo tenga un poco más chungo. Efectivamente, tanto su actuación en la Superbowl como sus nuevas canciones agradan, sin más. No dan visibilidad a ningún colectivo, ni luchan por ninguna injusticia. Son las canciones de un hombre millonario, felizmente casado que tuvo su primer hijo. Es un icono del bienestar. Como poco diría que le debemos muestras de agradecimiento a Justin, por mantener el nivel artístico en estos tiempos que el pop carece de grandes figuras. Los que crecimos con Michael, Prince, Madonna o George, gozábamos viéndoles constantemente en grandes espectáculos televisivos, haciendo que pareciera fácil esa expresión de talento, que sin duda trabajaron duro en perfeccionar. Ahora que cualquiera con una cuenta de youtube o followers adquiridos a base de talón son capaces de atraer un gran público en una aparición en un festival en la que seleccionan canciones de una playlist, es reconfortante que todavía nos queda un puñaíto de artistas como Beyoncé, Rihanna, Gaga, Bruno y Justin que te hacen creer en superpoderes y te recompensan como mero espectador.

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