No te pongas a dieta en Septiembre

Hace ya unos días que Septiembre se ha instalado en nuestras vidas y con él el choque frontal con la realidad: La vuelta al cole, las fotos de tu amiga la que se fue a Bali mientras tu estabas en Alcorcón, la maldita ropa de entretiempo y comer en tupper. Por si todas estas cosas juntas no fuesen suficiente drama, a tí, ser humana y reina del automachaque, le sumas un sentimiento de culpa terrible por todo lo que has comido y lo poco (o nada) que has ido al gimnasio. De repente, se te olvida lo estupenda que estabas con tu cañita al borde de la piscina y te meten en la cabeza que todo lo que has disfrutado tiene que ser ahora algo de lo que arrepentirse. Vas al espejo y en lugar de apreciar lo que estás viendo te pones una y otra vez de perfil con una cara de asco que asusta hasta al perro, fijándote en esa terrible barriga que te ha salido y en una celulitis que probablemente ya tenías antes del verano. Y es entonces cuando para sentirte mejor de golpe contraatacas con la frase estelar de cada año:

“Mañana empiezo a dieta y voy todos los días al gimnasio”

Como si solo por decirla -y compartirla con todas tus amigas- ya te sintieses mejor, elaboras un planning mental basado en matarse a cardio hasta que se te salga el corazón por la yugular y en ir al súper a arrasar con las manzanas y las lechugas. Como todas sabemos, esa premisa es más turbia que el Trump Handshake y al final el mismo día que te has montado tu personal dieting te lo acabas pasando en el sofá con un sentimiento de culpabilidad terrible por haber roto tu promesa justo 12 horas después. Y si mientras estas leyendo esto vas a alardear de que eres de las pocas que ha conseguido lo de comer todo verde, créeme, quizá hayas adelgazado tus kilos, pero a tu autoestima y salud mental le estás haciendo un flaco favor. La pregunta es, si cada año comprobamos cómo este tipo de pensamientos y conductas maquiavélicas nos hacen sentir “feas y gordas” – y no pienso pedir perdón, pues lamentablemente es así como nos hacen vernos- ¿por qué nos empeñamos en repetirlas? Maldita la sociedad que ha hecho que las mujeres vinculemos sentirse mejor con adelgazar.

No obstante, no estamos aquí para señalar culpables, sino para hacer la vuelta al sarao más llevadera e intentar en la medida de lo posible querernos bien y de una forma sana. Por ello, voy a ser franca: no te pongas a dieta en septiembre, ni en octubre, ni nunca. Olvídate de los artículos de Facebook para tener un vientre plano, de la app esa de tu entrenador personal, de contar calorías, de 8 formas para ejercitar el glúteo y ni mencionar los planes detox; Si quieres eliminar toxinas, métete en la sauna 20 minutos y llévate una botella de agua.

Lo que te propongo aquí es que seas más inteligente que toda esa estupidez dañina y te propongas cuidar a tu cuerpo y mente de verdad.

Lo primero que voy a aclarar es que coger algo de peso en vacaciones es normal. Te pasa a tí, a tu prima, y a cualquiera que las haya disfrutado. Y de la misma forma que el cuerpo puede coger peso, vuelve a su estado habitual de forma natural. Está claro que tu rutina va a cambiar, que tendrás que comer más fruta y verdura si antes no lo hacías, pero de lo que hablamos aquí es de que no es necesario hacer dietas restrictivas y, en definitiva, burradas, después de la temporada estival. Ahí fuera hay mucha gente a la que le interesa que te veas horrible y hoy en día ponerse a dieta y matarse en el gimnasio es lo más normal del mundo, sin discernir entre quien realmente tiene un sobrepeso y quien no y, por supuesto, olvidándonos de la peligrosa obsesión que conlleva la premisa de “todo por el cuerpo”. Por tanto, lo que te propongo aquí es que seas más inteligente que toda esa estupidez dañina y te propongas cuidar a tu cuerpo y mente de verdad.

En lugar de pasar de todo a nada trata de volver a tu ritmo de vida normal poco a poco, sin atosigarte, y sobre todo premiándote cada día por ello. Quitarte los hábitos vacacionales de golpe lo único que hará es que tengas una cara de muy pocos amigos y unos nervios que probablemente te den ganas de comer más de lo que querrías en una situación normal. Así que amiga, echa el freno de mano y mentalízate de lo siguiente:

  • Añadir una fruta de postre cada día y sustituir las patatas por una ensalada de acompañamiento es más que un buen comienzo que tu cuerpo agradecerá.
  • Vuelve a acostumbrarte a llevar una botella de agua everywhere: En esta época es muy importante que te mantengas bien hidratada, pero no lo confundas con convertirte en un pozo que te haga pasarte el día meándote cada diez minutos. Nunca he sido fan de contar calorías por lo que el tema de los litros de agua también prefiero dejarlo a parte.
  • Opta por aperitivos como el zumo de tomate, que además de ser un potente antioxidante es ideal para abrir boca -y para la resaca también, aunque ese es otro tema- y mantén tu energía a tope a lo largo del día con frutos secos. Estás pasando de no hacer nada a tirarte el día entero trabajando, por lo que aunque estés empeñada en que tienes que comer menos, tu cuerpo necesita más energía para mantenerse lúcido y activo durante toda la jornada.
  • Muy importante comer 5 veces al día: Además de las tres comidas principales, llévate un tentempié de media mañana, y ni se te ocurra saltarte la merienda. Ya verás cómo cuando llegue la hora de la cena no tienes ganas de tragarte media cocina.
  • La historia con el gimnasio es más de lo mismo: Proponte ir una o dos veces por semana para pillar el ritmo y preferiblemente a clases como yoga o body balance. Lo de que el yoga es de las actividades más fáciles del gimnasio es una historia que cuenta todo el mundo hasta que lo prueba y se encuentra nadando en su propio sudor. Además, no sólo te pondrá fit, sino que te ayudará a aliviar el estrés que supone toda esta parafernalia.

Y por último e incluido en el issue Nº 4 de Make it Up, un maravilloso remedio para lidiar con esas encantadoras compañeras de oficina que cada día te recuerdan lo mal que comes y lo que engorda ese plato de pasta:

[fuck you]

xx,

P.

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