Welcome to the jungle: esta es la gente de Wallapop

Después de analizar el impacto social de esta cosa llamada Wallapop, ha llegado la hora desgranar entre humaredas de sativa, los principales actores de este vodevil marciano en el que se ha convertido la otrora aplicación de compra-venta. No es fácil lidiar con la biosfera  de Wallapop: el manicomio de Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco parece un remanso de cordura y sensatez al lado de esta parroquia. Confieso que mis incursiones en este universo han sido peligrosas, pero solo mascando el horror ha conseguido confeccionar una lista con las alimañas que reinan en esta jungla. No os acerquéis a esta gente.    

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El hijo de puta: En Wallapop abundan los hijos de la gran puta. Hablo de hienas que se dedican en cuerpo y alma a hacer perder el tiempo a los usuarios “normales” con tácticas barriobajeras más propias de un bisonte con un cólico nefrítico que de un humano tamizado por la vida en sociedad. El hijo de puta de Wallapop es una áspid: se interesa por uno de tus productos, te ametralla a preguntas, te mantiene en vilo, te hace creer que vas venderle esa mierda de camiseta, te seduce… y cuando más cómodo te sientes con ese intercambio y parece que has hecho un amigo, ¡boom!, llega el insulto traicionero. “Métete la camiseta por el culo”. “Esa camiseta seguro que la llevaba tu madre cuando era puta”. “Me puse esa camiseta ayer cuando le daba por culo a tu novia”… Y así pasa el día.  Yo no lo llamo trol, en mi tierra a este tipo de sabandija se la conoce como hijo de la grandísima puta. Sí,  hay que decirlo más. Y hay que follar más, también.

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El iletrado: Wallapop no le tiene miedo a la incultura. Antes al contrario, la celebra y la mima. Quizás por la libertad ortográfica que concede a sus usuarios y por su política de premiar de la dislexia, el iletrado ha terminado convirtiéndose en especie dominante. En Wallapop la norma es cagarla a lo grande, y la gente se emplea a fondo. Hace tiempo que el castellano es una lengua muerta en este feudo. ¿No sería precioso que Wallapop corrompiera nuestro lenguaje más allá del reino virtual? Imaginad un mundo en el que habláramos como escribimos en Wallapop: Knd me bends camitesa con ajugeros? Te compro ese bokitoki pa hablar distanzia y esa chagueta ifsanlogan con capukxa”. Dios mío, cada vez que pienso en esta España wallapoper me vienen a la mente los simios embravecidos de 2001 Odisea en el Espacio lanzando huesos al viento. Sienta bien volver a los orígenes.

El puto creativo: Wallapop es un problema. No todo el mundo es gracioso, pero la dichosa aplicación ha conseguido que todo el mundo se crea gracioso… y deje constancia de ello en sus dominios. De esta tensión aplastante ha surgido un mundo alternativo que nada tiene que ver con la esencia del invento: comprar y vender. En este Wallapop paralelo, los creativos han encontrado un terreno virgen donde poner a prueba su ingenio de percebe retrasado. La cuestión es jugar la carta del humor o del comentario político punzante poniendo a la venta cosas inverosímiles como un tanque para comunidades autónomas rebeldes, caca de zombie, un rodillazo en los huevos,  una tostada del año 304 antes de Cristo, un caballo microscópico que no se ve en la foto, caspa de la abuela, y podríamos estar así hasta que se rompa la noche. Estamos de un gracioso…

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El tocacojones: Hay gente que ha encontrado en Wallapop un campo de juegos de valor incalculable para desplegar toda su pesadez. Los pesados de Wallapop son los que suelen hacerte la misma pregunta cinco veces, hacen comentarios tan obvios que te sangra la nariz, siempre intentan quedar en lugares alejadísimos de tu casa por mucho que le hayas asegurado que no piensas moverte de tu calle y hacen todo lo que está en sus manos para que termines enviándolos a tomar por culo. No obstante, mi comentario favorito del tocacojones es el siguiente: “¿Son auténticas?”. Muchas veces estoy tentado de contestar:  “Superauténticas, te estoy vendiendo unas Adidhas compradas en un top manta al doble de lo que me costaron”. 

El guarro: “Me gustaría verte esa camiseta puesta, por favor”. “Y esas braguitas, ¿te importaría venderlas con el salva slip usado?”. Que en Wallapop hay serpientes venenosas del vicio es una verdad tan meridiana como que las vacas producen lactosa. Es fácil dar con ellos; si te has hecho una foto con alguna prenda y se ve cacho, si vendes bragas o sostenes o si eres de las que no tiene reparos en poner su dildo usado a la venta, cada puto día sentirás el apretujón de estas lagartijas macilentas. Por cierto, perdónales las faltas de ortografía y los pasajes ininteligibles: una mano la tienen en el teclado y la otra en el espetec.

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Los fantasmas: En Wallapop hay espectros, usuarios que existen pero no. Que se dejan ver pero se desvanecen cuando  te percatas de su presencia. Son bruma que va y viene: te dicen que están interesados en uno de tus productos, les preguntas cuándo quieren quedar… y nunca más se supo. Insistes al cabo de unos días. Sin respuesta. Preguntas. Repreguntas. Tranquilo, jamás volverás a saber de él, por muy interesado que se mostrara en la mierda que estabas vendiendo. Uno de los misterios más insondables de Wallapop. 

Tristón solo quiere un amiguito: Si eres vendedor consumado, habrás tenido que sufrirlos. Son compradores que, necesitados de conversación y calor humano, intentan prolongar la transacción en plena calle explicándote su vida o interrogándote sobre la tuya. Tristón solo quiere un amiguito que le quiere comprender, de acuerdo, pero no hemos venido aquí a hacer amigos, hemos venido aquí a vender y comprar basura.   

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El que liga (o lo intenta): Wallapop is the new black? No. Wallapop is the new Tinder. Desconozco si la razón es el morbo, el exotismo de ligar con alguien en una aplicación que no está hecha para ligar o el aburrimiento millenial elevado al cubo. Ni lo sé ni me importa. Lo cierto es que cada vez hay más gente que entra en Wallapop para mojar en caliente, como pasa también con los lobos solitarios de Linkedin. Si la progresión no cesa, habrá tanto cerdeo en Wallapop que los que realmente quieran vender sus productos deberán irse a Tinder. Un consejo al departamento de marketing: habrá que ir cambiando lo de “si no lo usas, súbelo” por “si no lo usas, chúpalo”. Mucho mejor, ¿verdad?

El miserable: El miserable es una rata carente de dignidad que siempre juega la carta de la pena para rebajar un par de euros del precio final. El tipo se cree que te la está colando, pero te has topado con tantos que te muestras pétreo antes sus pucheritos y ganas de dar pena. Es muy fácil, el miserable siempre viene con dos o tres euros menos del precio pactado. La suma tiene que ser lo suficientemente discreta como para no molestar. El tipo hace ver que no lleva más pasta encima, que se ha quedado corto, que los tiempos están muy difíciles, pero cuando le dices que no le perdonas ni el canto de un céntimo y que te piras, siempre aparecen esos euritos que faltaban. Ni agua para estos carroñeros.

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¿Tienes cambio? A este ejemplar le iría bien pasar una temporada en una academia militar serbia. Sería la única forma de hacerle entender que cuando compras en Wallapop tienes que preocuparte de llevar el dinero justo, porque las personas no somos cajeros y no tenemos la costumbre de salir cada día a la calle con 10 euros en monedas de 20 céntimos en el bolsillo. El cretino que nunca lleva cambio es lentito de por sí, su pongo que por eso solo te avisa de que no lleva cambio cuando has salido de casa y ya es imposible conseguirlo. Y entonces se produce ese momento de perplejidad en que ni él parece dispuesto a descambiar su apestoso billete ni tú vas a mover una sola pestaña para complacerle. Antes cedía y subía a casa a buscar monedas, pero si ahora no vienen con el dinero justo, les digo que soy más mongolo que ellos, que no sé contar y que se vayan por donde han venido.

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