El horror de la máquina expendedora: ¡diabetes en la oficina!

Desde que me integré al mundo laboral, mantengo una relación venenosa con el ente conocido como La Máquina. La Máquina es la máquina expendedora de comida que todos tenemos en la oficina, pero tú y yo sabemos que es algo más. ¿Su objetivo? Crear una raza de humanoides flácidos, infartados, depresivos y diabéticos. El puto fin.

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Desconozco a qué demonios espera el Departamento de Sanidad para enviar escuadrones de la muerte a todas las oficinas de España y carbonizar hasta el tuétano estos aparatos contaminantes. En una era en la que tienes que hacer exámenes de riesgos laborales absurdos y las empresas se preocupan por la integridad de las cervicales de sus abejitas, ¿cómo es posible que se permita la entrada en las áreas de trabajo de un dador de muerte, un destructor de mundos como La Máquina?

La maquina expendedora, “vending machine” en Hipsterlandia, es una loba silente. Cuando arrecia el frío siempre está ahí para darnos calor… en forma de calorías. Miles de ellas. Hablo de terrorismo gastronómico en estado puro. No existe una sola razón que avale la selección letal de productos que palpita en su panza acristalada: chocolatinas con más calorías que una pizza de foie, galletas tan azucaradas que matarían a un pigmeo, refrescos que saben a OBESIDAD, patatas fritas de bolsa y sándwiches envasados que harían trizas el colon de Falete.

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De hecho, solo unas pocas máquinas tienen en cuenta opciones saludables, pero se trata de pinceladas anecdóticas en un océano de diabetes envasada: alguna bolsa de manzana en rodajas Florette, algún Danone perdido, acaso una barrita de cereales… Todos sabemos reconocer las cortinas de humo, concesiones de cara a la galería que se pudren en los estantes con el paso de los días, mientras los Fritos, las Fantas y los Mars van que vuelan.

Azúcar, grasa y sal a cubos: el opio que la oficina proporciona a los españoles para paliar el estrés

Azúcar, grasa y sal a cubos: el opio que la oficina proporciona a los españoles para paliar el estrés. Si cogieras a Hitler, Oppenheimer y José Manuel Parada y les dijeras que fabricaran una arma para acabar con la puta humanidad, serían incapaces de imaginar un horror semejante. Resulta inexplicable que en estos tiempos de bols de chía y ensaladas de seitán, no hayamos sacado las antorchas contra la dictadura de la comida basura en la oficina.

La única explicación que encuentro para este dislate es que, aunque no queramos reconocerlo, casi todos somos yonquis de la Máquina. Ya estamos atrapados desde mucho antes de plantearnos si estamos atrapados. Siempre ahí, siempre encendida, siempre dispuesta; a tu lado desde el primer día que entraste en la oficina. De hecho, la tienes más vista que al grueso de tus compañeros de departamento, has compartido más intimidades con la ranura de la moneda que con la señora de recepción, la máquina se ha metido en tu piel, se ha convertido en parte de ti gracias a la familiaridad y el candor del que siempre está ahí.

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Porque la Máquina reconforta. Y no te juzga. En un entorno laboral como el español, donde vuelan más cuchillos que en una carnicería con poltergeist, el refugio que ofrece este mamotreto es un santuario para la dignidad del currante. Hablo de esos dos minutos de aislamiento y entrega a las más bajas pasiones alimenticias; dos minutos de vuelta al amnios en los que coges TÚ las riendas de tu vida y eliges TÚ comerte esa mierda, porque en la oficina eres el último mono, vale, pero ningún jefe te dirá lo que tienes que comer, eso no.

La Máquina narcotiza. Cuando tienes un mal día en el trabajo (es decir: siempre), ansias esa cucharada de azúcares añadidos y manteca. Si tu cerebro está achicharrado después de siete horas corrigiendo Excels, solo piensas en el clenchote de glucosa y calorías del combo Sprite-Kit-Kat. En un entorno dominado por el estrés, el mal compañerismo y los jefes borderline, tener estas golosinas a mano es tan peligroso como encerrar a Pete Doherty en una jaula para pájaros con papelas de jaco y whisky, en lugar de alpiste y agua.

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La Máquina envilece a la masa. Nos convierte en serpientes. Qué fácil es dejarse llevar por la rabia y la violencia física cuando la cabrona se traga nuestro euro o los ositos de goma se quedan pegados a la sujeción. Te conviertes en un balrog infartado y tu único deseo es que alguien lo pague con la muerte. Descargas tu brote psicótico a puñetazos con el aparato, pero si te pusieran un perro guía delante, serías capaz de decapitarlo a mordiscos y escupir los cachos a la cara del dueño.

Cuando el sistema informático falla a favor del usuario y los Huesitos caen gratis, hurtas un par o tres de ejemplares, cuatro si eres una hiena codiciosa, y acto seguido llamas a tus compañeros para que compartan contigo ese momento de indignidad y pillaje. Si lo hacen los demás, el saqueo ya no es tan malo. Qué forma tan nauseabunda de acallar la conciencia.

También acojonan los estallidos de codicia que desata la reposición de los productos más populares. En cuanto llega el señor del vending y llena la máquina de Donuts, Donettes, Twix y Lay’s, los carroñeros aparecen y compran montones de ejemplares que después acopian bajo llave en el cajón, como si los Nevaditos fueran la clave para sobrevivir a un holocausto nuclear. Tendría que haber una ley interna de uso de la Máquina que prohibiera la compra de más de dos piezas por cabeza: los Donuts son cuestión de estado; especular con ellos es nauseabundo.

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La Máquina somete. Cuántas veces te has encontrado confundido ante ella, cara a cara con tu reflejo en el cristal, la mirada perdida en sus profundidades y una cascada de comida procesada y golosinas cayendo como los números de Matrix. Cuántas veces acudes a su regazo sin saber cómo has llegado ahí. Cuántas veces has tecleado por inercia el número de un Cocaolat sin tener pizca de sed. Eres su zorrita. La Máquina jode con tu mente y acaba sumergiéndote en la peligrosa dinámica del premio, que consiste en buscar compensaciones en su catálogo de muerte cada vez que acabas algo. Bolsa de patatas si has finalizado esos dichosos presupuestos, concha de chocolate en cuanto envíes el informe de cuentas… Y así siempre.

Todo esto ha dejado un reguero de patologías en la oficina que cada vez es más difícil de gestionar. La Máquina no solo reblandece el pellejo de la masa laboral y le da un plus de diabetes, sino que también deja tarumbas a los más débiles de espíritu. Mientras que la compensación inmediata vía comida basura solo puede equipararse al rush de la mejor nieve peruana, el bajonazo posterior es tan catedralicio que no hay sobredosis de Lexatin que lo soporte.

El sentimiento de culpa que deja la Máquina cuando vuelves a casa es como una daga de Morgul que emponzoña el espíritu, desencadena neurosis y factura depresivos crónicos en cadena. Las pequeñas victorias de la Máquina se transforman en incendios mentales cuando llegamos al hogar y apreciamos el destrozo ante el espejo: dermis purulenta y casposa, lividez post mortem, ojeras granates, eccemas en el pescuezo, respiración trabajosa…, años y años de de ingesta de alimentos procesados te han convertido en un chuletón de Blandi Blub andante que no pasará de los 50.

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Por tanto, me parece increíble que los americanos no hayan sabido ver el potencial destructivo de este invento. No se me ocurre mejor arma antiterrorista que la Máquina. Haces un envío masivo de máquinas expendedoras a las oficinas de la organización yihadista que deseas desarticular y, en un par de añitos, hasta sus más temibles soldados suicidas se habrán convertido en bolas de manteca depresivas que preferirán unas Ruffles jamón y una Coca-cola a las 72 vírgenes del paraíso.

1 comentario
  • Isaac
    septiembre 1, 2016

    El vending es mucho mas que eso… y cada vez hay mas producto dietetico o saludable en ellas, pero al final el usuario siempre compra los mismos productos tradicionales y las nuevas propuestas mas saludables tienden a caducar. Pero claro… resulta que comprarse un Mars en un Súper no es problema, pero comprarlo en una máquina sus calorías y grasas se multiplican por mil como si de una extraña alquímia se tratara… hay que ser mas sensato…

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