¿Qué diablos es un evento?

By Martes, noviembre 15, 2016 6 , , , , Permalink

Bien… Pues ya estamos aquí de nuevo…

Miércoles, ocho de la tarde. Una tienda de ropa. ¿O es una boutique de complementos? Da igual. Tengo una cerveza en la mano… podría ser peor. Hay un chico con tupé y mostacho que hace ver que pone discos y brinca como si un torturador vietnamita le aplicara descargas en el píloro. Pregunto qué le pasa y alguien me sopla que es un bloguero, it boy, DJ, estilista, ilustrador, fabricante de craft beer, amigo de Pelayo Díaz y diseñador de sneakers. Pero todo a la vez. Todo en uno. ¡Boom!

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Estoy en un evento. Los NUEVOS TIEMPOS bajan violentamente por mi gaznate en forma de birra tibia y me percato de algo turbador: no recuerdo a qué he venido. ¿Una nueva revista de moda lanza su número o alguna poetisa hace una performance disfrazada de espermatozoide? ¿Una top brand celebra la launch party de una pop-up concept store en del downtown de la fuckin’ city?

Un segundo… ¡Eso fue ayer! ¡¿O fue la semana pasada?!

Acabo de entrar en la fase Evento Memento. Solo los adictos a este mundo saben de lo que hablo. Cuando sufres el Evento Memento, tu cerebro, confundido por la asistencia continuada a un formato de celebración que se repite en loop, termina cortocircuitándose como el microondas de Falete. Clama por un reseteo.

¿Una top brand celebra la launch party de una pop-up concept store en del downtown de la fuckin’ city?

En un futuro cercano, cuando haya 700 eventos cada día en Barcelona, los ataques de Evento Memento serán tan generalizados e intensos que el eventista, como si fuera Guy Pearce en la peli de Christopher Nolan, tendrá que apuntarse con bolígrafo en las pantorrillas de qué diablos va esa fiesta, quién le ha invitado y los 12 hashtags que hay que poner en las fotos…

Porque, en una línea de pensamiento más profunda, ¿alguien sabe qué diablos es un evento? Mejor dicho: ¿alguien se ha preguntado alguna vez qué diablos es un evento? Las redes sociales han generado una nueva cultura del evento que se activa por inercia y no se pregunta por la naturaleza de la bestia, simplemente la adora hasta la irracionalidad. Acude sin chistar y, si eso, ya se preguntará luego qué hace allí.

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Da igual si se presenta un libro de ilustraciones, una línea de ropa o el nuevo empaste de Young Thug. El evento es para la cultura millennial un escaparate en el que hay que estar para mantenerse en la cúspide de la cadena alimentaria del coolness. Evento luego existo. No hay nada más tonificante para el ego que una marca piense en ti y te invite a su fiesta exclusivísima. Si Dior decide que molas más que el resto del mundo, ¿quién eres tú para llevarle la contraria?

Pero estoy divagando. Otra cerveza caliente se materializa en mi mano. Saludo a las mismas personas que llevo viendo en todos los eventos de los últimos dos años. Hay un tipo con melena y barba que siempre se tropieza conmigo: le he visto la cara tantas veces que podría dibujar sus patas de gallo en un folio con los ojos vendados. Hay un fotógrafo pelirrojo al que veo con más asiduidad que a mi padre. Esto es como la mafia de los dobladores de cine: siempre son los mismos. ¿Es posible que exista un culto cerrado del evento, una facción Illuminati del postureo?eu8i5715

¡Cuidado! El clásico borrachuzo de eventos se abalanza sobre mí, expectora varios salivazos que se pegan a mis lentes y balbucea como un trol recién fumigado. Podríamos denominarle el revientaeventos, porque pasa por la fiesta como un anticiclón devastador. Pisotones, copas en el suelo, bailes que recuerdan al Chuminero de Lydia Lozano y cero sentido del ridículo. O bien porque pertenece al género alcohólico o bien porque quiere dar a entender que aquella farsa no va con él, el revientaeventos va dejando un reguero de incomodidad, toses y vergüenza ajena a su paso, lo que siempre se agradece.

Manos a la obra. En algún momento tendré que hacerme un selfie y dejar constancia de mi presencia en este lugar. Soy incapaz de memorizar el teléfono de mi madre, pero diablos, el hashtag de la fiesta, una frase de 200 caracteres con palabras en inglés, español y copto, me lo he aprendido a pies juntillas.

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Y me gusto. Selfie por aquí, como no queriendo pero queriendo. Selfie por allá, como no, pero sí. Floto en una neblina de outifts exagerados y looks casual. Los primeros se han vestido para la ocasión como si fueran a la comunión de la nieta de Cuqui Fierro. Los segundos vienen de trabajar, no han tenido tiempo para acicalarse y huelen al ambientador industrial de la oficina. Doy besos a gente que me da igual y saludo a personas que luego pongo a parir. Meto la pezuña en un corro de diseñadores gráficos, y le suelto un chiste al DJ mientras aprovecho el tirón gravitatorio del sofá de la gente supercool (actores, modelos, ilustradores, NOBLEZA) para coger impulso y salir despedido hacia la cola del lavabo. Parezco una pescadilla bioluminiscente en el abismo oceánico. Hipnotizo a la peña. El evento soy yo.

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Y sigo pensando. Al evento le ha pasado lo mismo que a una palabra cuando la repites sin descanso: ha perdido su significado. Tengo Facebook inundado de citas ineludibles, eventos de marcas de ropa, eventos gastronómicos; eventos de cosas que no conozco, de personas con las que jamás he hablado.

Y el filón parece inagotable. Llama evento a cualquier acto que celebres y hazle creer a la gente el engañabobos de la exclusividad. Tendrás muchísimo ganado. Ahora, las presentaciones de libros ya no son presentaciones de libros: son eventos. Las presentaciones de carta ya no son presentaciones de carta: son eventos. ¿Las exposiciones? Eventos. Las fiestas de alta costu… ¡Eventos! La idea de rebozar de una falsa exclusividad estos meetings ha surtido efecto. Ahora, importa más el evento que el motivo del evento.

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No obstante, estos fogonazos de sensatez no me apartan de la misión. Me siento jodidamente vivo. Pienso que podría flotar en el amnios de un evento toda mi vida, pero la ensoñación estalla en pedazos con la llegada de varias bandejas rebosantes de buns, shoronpos, wagyu y pastrami. Sonido de cuchillas. La electricidad chisporrotea en el aire, los tupés crepitan, se hace un silencio glacial y se abortan varios selfies: la comida ha llegado y con esa mierda no se juega, marine.

De repente, el evento se convierte en un laberinto de estrategias ultrasofisticadas, una ferocísima guerra psicológica por la posesión de la manduca. Geopolítica, postureo y rapiña se convierten en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de la fiesta.

En este caldo venenoso, el eventista más artero se mueve con la fluidez de una pescadilla entre juncos. Ha hipotecado la tarde-noche asistiendo a una mierda que no le interesa lo más mínimo para cascarse una cena de gratelo. Y Dios sabe que unos recién llegados al moderneo no le va a arrebatar esos tacos de cochinita pibil. Hay auténticos zorros del canapé que, a base de dar la chapa y comer orejas, consiguen las coordenadas exactas de la salida de los bocadillos.

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Yo carezco de esa habilidad, pero hago como el 90% de las personas que han venido: finjo que estoy sumamente interesado en lo que dice mi interlocutor, mientras mis pupilas siguen los movimientos de los camareros nerviosamente. Mis ojos zumban de lado a lado, como los de Marujita Díaz. Fase REM despierto. Un radar viviente de papeo gratis. La emoción de la caza. Dios santo, es el mejor momento con diferencia de toda la velada.

Y llega el bajonazo. Sabes que después de la comida, todo será caída. Cuando has hecho lo que tenías que hacer, te invade el vacío existencial del evento. Te percatas de que has estado dos horas deambulando como una codorniz sin cabeza, has pillado un semipedo decadente de cerveza tibia y no has sacado nada en claro. A lo mejor incluso has perdido pasta, pues no te he quedado otro remedio que comprar el libro que se presentaba. Momento de tumbarse en el suelo en posición fetal, replantearse la vida durante tres segundos y volver a mirar el móvil a ver qué se cuece mañana, que ya es juernes.

Y ahí va una confesión para terminar. No hace mucho, llegué a acceder a un evento selecto de Mango con el pijama puesto y un abrigo encima, para disimular. ¿Cómo llegué vestido de esa guisa? Es una historia que contaré otro día. Basta con decir que ha sido lo más bajo que he caído. Nunca había sentido tanta lástima de mí mismo. Modelos, gente guapa, la crema barcelonesa bailando ‘Hot Bling’ y allí estaba yo, con un chándal manchado de salsa de tomate y pis, con migas en la papada y un abrigo de lana abrochado hasta el pescuezo. Cualquier agente del FBI en su sano juicio me habría frito con un taser.

Modelos, gente guapa, la crema barcelonesa bailando ‘Hot Bling’ y allí estaba yo, con un chándal manchado de salsa de tomate y pis, con migas en la papada y un abrigo de lana abrochado hasta el pescuezo

Seguramente pensaréis que después de presentarme a un exclusive event de Mango con el look de un exhibicionista adicto a la metanfetamina y después de escribir esto, nunca más volveré a un evento. Os estaréis equivocando. Lo que convierte precisamente el mundo del evento en un fenómeno paranormal es que sus acólitos jugamos como nadie el despiste hipócrita. Hoy podemos asegurar que estamos por encima de estas fiestas superficiales para modernas, pero mañana no dudaremos en perder la dignidad para que nos incluyan en la lista del próximo sarao. España es un maldito evento, Rajoy leyendo el Marca y ni una sola respuesta a la pregunta fundamental: ¿qué diablos es un evento?img_1010

Fotos Nº 3, 5 y 8 © Gerard Estadella

6 comentarios
  • moderno
    noviembre 16, 2016

    Modernos criticando a modernos.

  • Andrés
    noviembre 16, 2016

    O sea, una bola de imbéciles que no saben ni a donde van, pero van porque se creen estar en la cima de la popularidad. Realmente patético!

  • aruculo
    noviembre 16, 2016

    pffff te pasas de guai, tu prosa tóxica se queda en pedante y gracias. Tienes razón en una cosa, España es un evento, pero de los malos. En ningún otro sitio podrías vivir de criticarte a ti y a todo tu entorno con frases manidas y palabros de cultureta hypster y encima pretender que lo petas.

  • Yolanda R
    noviembre 16, 2016

    Cerveza tibia… cuánta razón!

  • Eva
    noviembre 17, 2016

    Todo esto no es nuevo. Los saraos y los “canaperos” existen desde hace décadas, la única diferencia son los selfies y los hastags. Por lo demás, todo es igual que hace treinta años.

  • María Eloy-García
    noviembre 17, 2016

    Me gusta muchísimo tu crítica, sí señor. E-vento es una app de ventas de ego a precio de saldo

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