Contra el verano

Todo se va a la mierda con un diminutivo. Alguien empieza a hablar de cervecitas, tardecitas, terracitas y cenitas, y se libera una mancha de crudo que contamina lo que hasta entonces había sido un mar de orden y buenas maneras. Los diminutivos son el peor augurio posible: anuncian la llegada del verano, el albor de un ciclo involutivo que nos hace desandar, chanclas mediante, el camino recorrido durante las noches de escarcha y tinieblas. El verano es el peor de los pecados capitales, o mejor dicho, es todos los pecados capitales en uno. Parémosle los pies, rediós… o al menos intentemos tapárselos.

Cuando calienta el sol


Observado desde la frialdad, el sol es lo peor que nos puede pasar a los españoles. Durante los meses de frío, le ponemos todo nuestro empeño a esto de ser europeos de bien, pero a la que salen cuatro rayos de sol, retrocedemos a toda pastilla hasta nuestro estado larvario, nuestra españolidad original: trabajamos menos que Rafi Camino; salimos a fumar 15 veces cada mañana; nos sacamos la cera de la oreja con el meñique en plena reunión de departamento; pintamos pollas y tetas en los Post-It; descuidamos nuestra higiene como si nos hubieran diagnosticado una enfermedad terminal y nos la sudara todo.

Observado desde la frialdad, el sol es lo peor que nos puede pasar a los españoles

Mitificar el verano hasta el extremo, algo habitual en un país como España, es como comprar un billete de ida a Indolencia & Desidia Town. Si no te abochorna que tus paisanos sean bichos dominados por sus bajas pasiones, adelante, empápate de estío y muestra el testículo cada vez que te sientas porque no llevas calzoncillos debajo de las bermudas; busca la verdad en las profundidades del sobaco que te rascas cada cinco minutos con ese manojo de llaves; pregúntale por el sentido de la vida al ridículo patinete que utilizas para ir a comprar Ducados.

Pero si eres una persona sensata y coherente, apreciarás horrorizada que, con la llegada el calor, se produce una relajación en las formas que en España adquiere tintes de apocalipsis. Nos acercamos peligrosamente a nuestro antepasados simiescos. Acentuamos radicalmente nuestro incivismo. Ensuciamos la ciudad como una plaga, dejamos las playas como vertederos guatemaltecos y meamos en piscinas. Entrar en un autobús o un vagón de metro en verano puede dejar profundas secuelas: se masca el hedor a sobaco, se escucha el chup-chup de las ingles fabricando manteca…

El verano, además, abre la veda del pijo español: camisa Ralph Lauren arremangada, gomina de farlopero, bermudas de algodón y zapatitos de Julio Iglesias etapa “Libra.” Es época de despedidas de soltero, guiris sin camiseta por la calle, tintorro Don Simón, picaduras de mosquitos radioactivos. El verano es Joaquín Prat Junior sustituyendo a Ana Rosa Quintana. Es el anuncio de Estrella Damm, diablos… Solo por eso ya merecemos un invierno nuclear eterno.

Un Chernobyl estético


Pero lo aterrador del verano es que produce mutaciones asombrosas. Es un Chernobyl estético de toma pan y moja. En la oficina, por ejemplo, hay tipos grises que durante los meses de frío pasan desapercibidos en los puntos ciegos del edificio, entre la fotocopiadora y la máquina de bollos. Rebequita sobria, camisa por dentro, pantalones de pana, bambas Munich y gafas sin montura. Sabéis quiénes son.

No obstante, cuando llega el calor, estos seres invisibles se convierten en ferias ambulantes de kitsch piscinero al más alto nivel de vergüenza ajena. De golpe, su aspecto describe un descenso en picado, sin paracaídas. Y te percatas de ello cuando un buen día te los encuentras en el ascensor disfrazados como si fueran a disfrutar de un concierto de Andy & Lucas en Isla Fantasía: camisetas imperio estampadas que apenas pueden contener tanto material adiposo, calzones cortos ochenteros de monitor de squash, pulseras de bolas, gorras absurdas, mariconeras bajo el sobaco, ¡chancletas!

Si esto pasa en entornos laborales, no cuesta imaginar el horror que se vive en la rúe. Hay un entrega voluntaria a la dejadez. Peña que has visto impecablemente vestida en invierno transforma su estética en un potaje de estilos que solo un perturbado hasta las cejas de peyote entendería como aceptable. Las bermudas con bolsillos laterales aparecen, de repente, combinadas con sandalias de doble hebilla. Las pedicuras aguileñas estilo Marujita Díaz se muestran en todo su esplendor (¡no a las uñacas podencas rebasando los límites de la chancla!). Es el reinado de la camisa de manga corta, de la alpargata sucia, del pantalón pirata, de la camiseta de pico y de esos mamotretos diabólicos llamados Havaianas.

El verano no es malo, pero sí lo es el modo en que los españoles entendemos la llegada del buen tiempo. Lo que debería ser un proceso gradual de adaptación a las temperaturas estivales, se transforma en un apogeo descontrolado de la cazurrería. Esprintamos, como avestruces sin cabeza, hacia ninguna parte.

Un síntoma de esta enajenación colectiva es la saña con la que hincamos la zarpa en el termostato del aire acondicionado. Parece que estamos esperando todo el año a que llegue el calor para reventar los motores de estos aparatos. A los españoles se nos va la mano en este terreno, somos yonquis del aire, no sabemos vivir sin él.

Si vas a un cine de Barcerlona en agosto, eructarás escarcha. ¿Cuántas veces te has tenido que poner un jersey en la oficina en pleno mes de julio porque algún sociópata ha puesto el aire a 15 grados? El loop es enfermizo: hace más calor porque nos hemos cargado la capa de ozono, y para combatirlo le metemos caña al aire acondicionado, un aparato contaminante que escupe CO2 en tromba y contribuye a incrementar el calentamiento. Suena bien, ¿verdad?

Si vas a un cine de Barcerlona en agosto, eructarás escarcha

El ruido de estas máquinas se ha convertido también una tortura habitual en los bloques de pisos. Más o menos la misma turra que producen las obras, siempre en verano, siempre a primera hora de la mañana, siempre con esos martillos desesperantes que se clavan en tus sienes como una trepanación interminable. La canción del verano no es Despacito, es el puto martillo de las obras que tú, yo y todos vosotros tenéis al lado de casa.

Winter is coming, vaya que sí.


Definitivamente, el verano saca lo peor de nosotros. Si no te alarma ver cómo civilización a la que perteneces abandona la ilustración para volver a la tundra, seguramente todo esto te parecerá la repanocha, pero si tienes un mínimo de dignidad, entenderás que España necesita frío. Mr Freeze. Nitrógeno inyectado en el paladar.

Porque con la helada, todo son ventajas. El frío desinfecta. Descarta. Si hace un frío que pela, escasean los runners de postín, es decir, el grueso del gremio; los ciclistas se lo piensan cuatro veces antes de salir a la calle con su vehículo asesino; se acabaron las cenitas en terracitas con cervecitas. Winter is coming, vaya que sí. Bienvenido sea el frío, pues ahuyenta a los guiris como un bote de spray pimienta en una habitación llena de enfermos de conjuntivitis.

Sin embargo, entristece comprobar que en este país no apreciamos la asepsia invernal. Somos hijos de la roncha sobaquera de Antonio Camacho. Adoramos ciegamente al sol, un cuerpo celeste que acabará convirtiéndose en nuestro verdugo, pues dentro de 5000 millones de años agotará su combustible, se expandirá y se convertirá en una gigante roja que freirá el planeta hasta sus cimientos. No nos daremos cuenta y seremos fosfatina pululando por la inmensidad el cosmos. Este es el cabrón asesino que veneramos cada verano y lloramos cada invierno. Pensad en ello cada vez que os pongáis un bañador para ir al trabajo.

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