‘Excremento de zombie a estrenar’: Wallapop, mi extraña adicción (Parte 1)

By Martes, Mayo 10, 2016 1 , , , , Permalink

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Algo está ocurriendo en esta España agonizante y paranoica. No exactamente en el plano de la materia, sino en las sombras de lo virtual. Una legión de neuromantes conectados a una matriz que está apartándoles del mundo real, cambiando sus estructuras morales, reinventando su lenguaje, cuestionando a dentelladas los preceptos culturales que antes daban por inamovibles.

El éxito de Wallapop se ha convertido en auténtico quebradero de cabeza para los estudiosos del medio. No hay antecedentes que expliquen la fenomenología de este poltergeist online. Hay otras startups muy parecidas de compra-venta al límite del cutrerío, pero ninguna de ellas ha conseguido convertirse en un icono trash de la cultura pop española tan poderoso. Aquí no hay ususarios; hay adictos, soldados, cruzados, alienígenas, razas de noche que viven esta aplicación como maldito estilo de vida.

¿Dónde se había metido la gente de Walllapop todo este tiempo? Es como si una raza durmiente de homúnculos friquísimos hubiese salido de su letargo para florecer en una burbuja virtual de compra-venta sin precedentes. Los habitantes de Wallapop parecen surgidos de un sueño de opio a seis manos entre Christina Rapado, Javier Gurruchaga y Thomas Pynchon. No responden a los mismos estímulos que el ser humano civilizado; su percepción de la realidad se ha visto gravemente intoxicada.

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Keep Wallapop away from children

En este contexto de tensión febril y neurosis, al joven nacional hay que decirle que sea cauteloso con Wallapop; entrar a palo seco en esta dimensión, sin la guía de un chamán que te apriete la mano en los pasajes más luctuosos del viaje, puede terminar en tragedia (y la puta casa vacía). Para un adicto a esta mierda, el plano material es un simple cúmulo de objetos que deben ser expuestos y vendidos en Wallapop. TODO VALE. TODO TIENE UN PRECIO. No tires la cajetilla de Winston, inconsciente, ¿no ves que puedes hacer un origami con forma de polla y venderlo?

El cerebro de los wallapopers está tan nublado por la codicia que escruta la realidad como si fuera un lector de códigos de barras del Mercadona. La propia dinámica de la aplicación le ha hecho creer que puedes comerciar con caspa de perro embotellada, pues siempre habrá algún imbécil que la comprará. Un confesionario de iglesia a 1000 euros, mochos usados a 0.50 céntimos, encendedores Zippo con la esvástica, el periódico de cuando Franco la espichó, una colección de disfraces usados de Green Lantern para toda la familia…

El cerebro de los wallapopers está tan nublado por la codicia que escruta la realidad como si fuera un lector de códigos de barras del Mercadona

Como si fueran politoxicómanos en casa de la yaya Rufina, los wallapopers miran una máquina de coser, un transistor o una estufa de butano y ven dinero fácil, droga calentita. Serían capaces de dejar a la vieja desplumada y sin dentadura postiza, con tal de recibir su clenchote en forma de trapi. ¿Hay embriaguez más poderosa que la montaña rusa de endorfinas desencadenada por una venta de Wallapop? Hablo de gente que viene a tu casa, te recoge la basura y encima te paga. Hablo de coger la tostadora de tu ex y, en lugar de triturarla con un bate de béisbol, encasquetársela a algún iluso por 15 euros: el equivalente a cuatro bolsas de cortezas de cerdo o diez ejemplares de la Cuore.

Deconstruyendo Wallapop: NO TIRES NADA

Wallapop se parapeta en un diseño de web de país comunista, más cercano a los preceptos estéticos norcoreanos, que a los diseños cutting-edge del grueso de estas aplicaciones. Con esta argucia feísta está creando un fuerte vínculo con la masa. Ahora que en la España post-burbuja volvemos a envolver el bocadillo en papel de periódico, el look soviético de Wallapop transmite la reconfortante sensación de que ahí vas a encontrar el chollazo padre; nadie te va mirar por encima del hombro por ratear 5 céntimos, nadie te va a preguntar en qué Supermirafiori encontraste ese radiocassette. He aquí un mercadillo zíngaro disfrazado de red social que se construye sobre un atavismo español inextirpable: el regateo, la picaresca, el trapi. Wallapop sobreexcita al fenicio que todos llevamos dentro cual molécula en un microondas.

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Cuando entras en Wallapop estás entrando también en la España de Levántate All-Stars, Pablo Iglesias, la canción de Oreo y la mirada de roedor Juan Manuel Sánchez Gordillo; todo junto, revuelto, espeso como los tiempos de penurias económicas que nos ha tocado vivir. Es el mercadillo definitivo de la crisis, una idea maravillosamente ejecutada que ha demostrado que en la cutrez está la genialidad. Por eso todos hemos caído como moscas. De algún modo, Wallapop es un refugio en el que cualquier hijo de vecino puede darse pequeñas alegrías a base de chollos o ingresos extra en un contexto económicamente hostil. Pequeñas batallas ganadas en una guerra perdida, que no es poco.

Quizás por eso, cualquier precio que supera los 15 euros es casi siempre repudiado por la comunidad. Por tanto, debes asegurarte de que estás comerciando con auténtica diarrea. Wallapop no quiere saber nada de grandes marcas, ediciones limitadas y paridas del mundo cool. Solo absorbe chollos, tiene su razón de ser en los presupuestos pírricos y lo mejor es que se enorgullece de ello.

Desde que tengo Wallapop me lo pienso dos y tres veces antes de tirar algo a la basura. El proceso de selección de residuos es ahora rigurosísimo. La ropa vieja que la lleve a Humana Najwa Nimri. Lo de sacar los muebles viejos el martes por la noche se ha terminado. De hecho, ¡hay gente que recoge muebles de la rúe para venderlos en Wallapop! Conozco a una chica que se agenció una butaca de un contenedor y se sacó una pasta muy razonable por aquel pedazo de basura.

Despacico con Wallapop. Hablamos de una sustancia más adictiva que el yeyo boliviano: cuando empiezas a ver que toda la morralla que acumulabas no solo está saliendo de casa, sino que estás cobrando por ello, cuando te percatas de que incluso la basura de la calle puede reportarte más triunfos en tu historial de ventas, entras en la perniciosa dinámica de poner mierdas cada vez más absurdas (dobles enchufes, bolígrafos, un despertador de Trinaranjus…) en tu perfil. Y a menos que alguien intervenga, la escalada progresará hasta que te reviente el cerebro y tu mascota tenga que alimentarse de él durante semanas porque ayer te vendiste el pienso del pobre bicho (bol incluido).

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Lo tengo todo, papi

Así se explica la sensación de vértigo que te invade cuando te conectas a Wallapop.

Es como Oasis, de Ready Player One, un universo abierto, infinito, en el que todo es posible. Wallapop es un Matrix donde vendemos cosas que en otros sitios jamás nos atreveríamos a vender. Donde va a parar lo invendible. El pudor no existe; de ahí que se haya desatado el absurdo y se hayan diluido los límites que separan la creatividad de la locura, el troleo de la enfermedad mental. Cuando llegas al punto de no discernir qué objetos se venden en serio y qué objetos han sido ubicados allí por un sociópata, es que hay un problema gordo. Gracias a Wallapop, incontables freaks, juguetes rotos y dementes han encontrado una charca donde retozar sin ataduras, y lo peor (o mejor) es que cada vez se sienten más a gustito, más creativos; se han hecho fuertes en dicha paradimensión. La próxima semana lo abordaremos.

En lo que a mí respecta, jamás he comprado en Wallapop, no le encuentro ninguna excitación sexual a adquirir la basura de los otros. En cambio, como vendedor de mierda pura me he convertido en un depredador frío y maquinal. No perdono un céntimo de euro a nadie. Maltrato psicológicamente a los compradores, les contesto cuando me sale, les ordeno que vengan a la puerta de casa, les hago esperar, les demuestro quién demonios manda. Soy un reptil implacable incluso con los objetos con más valor sentimental: las cenizas de un familiar, el no me olvides de oro que mi primera novia me compró trabajando horas extra en el Pokin’s, el reloj que mi abuelo llevó metido en el culo durante la guerra. Cero sentimientos.

Cuando entras en la espiral wallapoper la vileza se adueña de ti. Puedes llegar a organizar tu vida en función de una venta. Llegas tarde a la cena de aniversario con tu novia a al cumpleaños de tu abuela centenaria porque a esa hora has quedado con un skater para venderle un bolígrafo de Masterchef Junior que te encontraste en el autobús. Si un colega tuyo ha hecho una venta, no puedes ser menos y sacarás al mercado lo que sea, hasta las bragas usadas de tu mujer, tan solo para igualarle. Te la trae al pairo que tu hijo tenga que desayunar en el bol del gato porque te has vendido toda la vajilla por 7 euros. ¡Despierta, joder! ¿Es que no lo ves? Wallapop te ha convertido en una serpiente.

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Verbis diablo: un tiempo nuevo

La burbuja masiva de Wallapop, inflacionada exponencialmente no solo por su feísmo norcoreano, sino por una manejabilidad para niños de 5 años, ha generado una nueva cultura. Los habitantes de este universo virtual, por ejemplo, subvierten una y otra vez las normas gramaticales y ortográficas del castellano hasta convertirlo en un slang mutante que solo comprenden los que llevan ya un tiempo peleándose en los chats. Dios sabe que he intentado integrarme, aprender esta lengua, pero todavía sigo recogiéndome la mandíbula del suelo con una pala cada vez que me enfrento a conversaciones reales de esta profundidad:

-Hola

-Hola

-MgosetA

-Como?

-Dek Taya

-42

-Aaa. Sol. Ayi ouna nasesit taya 41

Cornetto-1

Wallapop comienza a dar miedo, porque es muchísimo más que un mercadillo de segunda mano; es una cultura urbana nueva, emergente, impredecible. Habla la lengua del maligno; Verbis diablo. Me refiero a un ejército de inadaptados que ya no solo emplea la aplicación para fines transaccionales, sino que la utiliza para ligar como si fuera Tinder, para trolear como si fuera Twitter, para hacer amigos como si fuera Meetic, para exponer sus demonios personales como si fuera el diván de un psiquiatra para ex convictos… Aterra pensar qué otra utilidades le encontraremos en un futuro.

Me confieso incapaz de encontrar una fórmula que explique las dimensiones paralelas de Wallapop, pero existen, están ahí, tenemos pruebas de su presencia. Hay gente que entra en Wallapop por entrar. A ver qué pasa. Sin intención alguna de vender o comprar, qué aburrido es eso. Nunca había pasado nada igual con una aplicación de venta de productos de segunda mano. Wallapop es el pasatiempo postmoderno de todos los españoles, un salvavidas para matar los minutos mientras haces de cuerpo. Aquí se liga y se folla. Se conoce gente. ¡Se estimula la creatividad del usuario!

No obstante, la lógica se resiste a aceptar que semejante derrame de caspa se haya convertido no solo en uno de los universos más expansivos del cosmos online, sino en el refugio espiritual de miles y miles de renegados del mundo de la carne. La experiencia Wallapop no tiene parangón. Es introducirte en una relectura radical de la realidad desde lo virtual. Es entrar en un manicomio sin límites. Es meterte en la aplicación, teclear cualquier palabra de mierda al azar y reconciliarte con el mundo al leer el siguiente enunciado: Excremento de Zombie a Estrenar: 70,99 euros. A diferencia de Neo, creo que me quedo con la pastilla azul.

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La semana que viene: La biosfera de Wallapop: guía psicodélica de perfiles y usuarios.

 

 

1 comentario
  • Daniel Barrientos
    Diciembre 17, 2016

    POR FIN ALGUIEN HABLA DEL TEMA!!
    Es alucinante la cantidad de excrementos materiales que la gente de atreve a publicar.
    Hoy sin ir más lejos me quede anonadada con la siguiente:( es muy surrealista)
    “Disco duro 1 tera por 8e”
    Hasta ahí…chollazo al canto…pero, wait! continua…
    “Disco duro 1 tera de 2,5″ estropeado ideal piezas ( WTF!!) urge venta!”
    Eso es real…”urge venta ” ahí morí…
    Deberíais hacer una sección en aruscity exclusiva porque hay mateial para rato…

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