1997: el año que conocí a los miembros de Daft Punk

En 1997, el año que conocí personalmente a Daft Punk, la prensa musical estaba muy viva. Le quedaba poco tiempo de salud, de acuerdo, pero los ’90 fueron tiempos orgiásticos para un crítico, especialmente para un escombro de 22 años con una misión vital basada en tres directrices: saltarse el mayor número de clases posible en la facultad, engullir y/o fumar toda suerte de estupefacientes y follar lo que Dios dispusiera.

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En aquellos tiempos, las discográficas promocionaban sus nuevos lanzamientos a lo grande. Cuando salía un disco gordo, sabías que te ibas de viaje a hacer alguna entrevista. Tal cual. ¿Chemical Brothers sacaba nuevo LP? Pues a París dos días, a la sopa boba. Trabajabas una hora y te pasabas las 47 restantes reventando la ciudad. Pendoneando. Comprando ropa, cómics, discos… En un buen año te podías pegar media docena de periplos internacionales pagados y, de paso, conocer a estrellas del pop que hasta ese momento te parecían inalcanzables.

Fui a Amsterdam, a entrevistar y ver un concierto de Massive Attack (acabé con dos colegas, vagando por la ciudad absolutamente tripado por culpa de la hierba maligna de un coffe shop semi clandestino). Fui a Los Angeles, a la zona más lujosa de Melrose Place, para encerrarme en una habitación de hotel con Flea y John Frusciante… No obstante, Londres era siempre el destino favorito de las discográficas para las entrevistas de promo.

En los ’90 visité más veces esa ciudad que la lluvia. Y fue todo gracias a Mondo Sonoro. Allí se fraguó una generación de críticos muy especial, con Joan S. Luna al frente, uno de los mejores jefes de redacción que he tenido jamás. La benevolencia de Mondo Sonoro con esta rata no tenía límites; gracias a la revista no solo me forjé y di a conocer como periodista, sino que me pegué algunos de los viajes más increíbles de mi vida. A coste cero. Cultura del pelotazo.

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 Sin máscaras    

Admitámoslo, cuando entrabas en esta espiral de viajes y hoteles gratis, decías que sí a todo. Y eso es lo que hice en febrero de 1997, cuando los capos de Mondo Sonoro me dijeron que Virgin había programado una entrevista en Londres con un nuevo grupo de música electrónica, unos franceses llamados Daft Punk que sacaban un disco llamado Homework. En España no los conocía ni el tato.

Al cabo de unos días, cogía un avión preguntándome todavía quién diablos eran esos tipos. En mi mente, aquel iba a ser un viaje de promoción al uso: entrevista de rigor y toda la ciudad de Londres para disfrutar. El grupo me daba más bien igual. Y eso que en el Reino Unido, Daft Punk comenzaba a entrar en estadio ignición. Recuerdo que compré un ejemplar de la revista Muzik en el aeropuerto y estaban ellos en portada. A cara descubierta. Sentados en sendos nenúfares como si fueran ranas. Seguramente fue el primer indicio de que no iba a entrevistar a un grupito cualquiera, pero no le presté atención. Estaba convencido de que me enfrentaba al enésimo hype, pero bendito hype, que me había llevado a Londres de gratelo.

Estaba convencido de que me enfrentaba al enésimo hype, pero bendito hype, que me había llevado a Londres de gratelo

Durante el vuelo pude escuchar el CD de promo de Homework (en un Discman, si mal no recuerdo) y mi primera reacción fue de tibieza. No entendía muy bien qué clase de música estaba escuchando. Aquello sonaba simple, como un videojuego ochentero estropeado, no se parecía en nada al techno y al house que hasta ese momento había estado escuchando.

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Llegué a las oficinas de Virgin Londres empapado, con la lección estudiada para sacar un 5 pelado y luego reventar la ciudad. Enseguida me recibió un tipo curioso: melena rubia despeinada, cazadora pandillera de los ’80, zapatillas de baloncesto, tejanos pitillo. Era el manager del grupo, Pedro Winter, aka Busy P, y su apariencia me chocó; lucía un estilismo tan DJ Sideral que todavía hoy lo llevo grabado a fuego en las entendederas. “Quiero ser tan cool como este tío”, pensé.

Winter me condujo a una sala interior, donde esperaban Thomas Bangalter y Guy-Manuel de Homem-Cristo. Cada vez que pienso en la impenetrabilidad actual del dúo, viajo hasta ese momento en que me topé con dos adolescentes tímidos, vestidos como dos inadaptados, ajenos todavía a que iban a convertirse en uno de los grupos (y uno de los misterios) más grandes de la historia del pop. Cuando explico que estuve con ellos una hora, hablando cara a cara, sin máscaras, mucha gente me toma por loco. A veces, incluso yo tengo dudas de que sea verdad.

Dos adolescentes tímidos, vestidos como dos inadaptados, ajenos todavía a que iban a convertirse en uno de los grupos más grandes de la historia del pop

Una hora con Daft Punk

Thomas Bangalter era un chaval escuálido, de habla calma y un tono de voz cercano al susurro. Anorak de esquí de los ’80, sneakers, cuatro pelos por barba, pelo grasiento y alborotado. Guy-Manuel de Homem-Cristo era más parco en palabras, acaso más distante, pero igualmente educado, apocado.. Bangalter, cubierto de acné, tenía un estilo ochentero sin prejuicios; de Homem-Cristo lo rebajaba con una cadena en el cuello y un rictus más rudo. Se sentían incómodos con el éxito incluso antes de ser más famosos que Dios, pero enseguida entraron en calor cuando la conversación derivó hacia la música. Cuando afloraban temas como el house, el hip-hop y sus leyendas, se rompía la barrera. Se producía, quiero pensar, una auténtica conexión entre nosotros.

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No me resultó difícil identificarme con esos críos: compartíamos el mismo universo cultural, la misma estética, el mismo freakismo, la misma fascinación por la cultura de clubs y la misma carencia de habilidades sociales. Estuvimos una buena hora conversando y juraría que fui yo quien dio por terminada la charla. Salí de Virgin arropado por Pedro Winter, preguntándome cómo aquellos adolescentes franceses habían conseguido salir en la portada de Muzik y fichar por una major. Entré receloso a la entrevista y salí con el convencimiento de que el mundo de la música estaba cambiando. Cuando me dediqué a recorrer las principales tiendas de discos de Londres, me percaté de la que estaban armando aquellos freaks. Estaban poniéndole música a una nueva generación.

Me percaté de la que estaban armando aquellos freaks: estaban poniéndole música a una nueva generación

En el vuelo de vuelta volví a escuchar Homework. Era otro disco distinto al de vuelo de ida. Era algo grande. Diferente. Un par de meses después de la entrevista, no había DJ en Barcelona que no reventara el vinilo del debut de Daft Punk en sus sesiones. Diablos, la gente tarareaba el estribillo de Da Funk: “Naaa, na, na, na, naaaaa.” Ningún otro disco de música electrónica se había hincado con tanta fuerza en el subconsciente del pop, ningún otro disco había enviado el mensaje de “tú también puedes ser una estrella” con tanta claridad.

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Tuve suerte, pude entrevistarles antes de que la locura se destara, como una canasta en el último segundo. Solo dos meses después, esa entrevista piel con piel habría sido imposible. El dúo se había hecho tan grande tan rápido, que ya salía en todas las fotos con máscaras, concedía entrevistas en cuentagotas y comenzaba a forjar su inconfundible halo de misterio e inaccesibilidad.

Se cumplen 20 años de la publicación de Homework, el disco de tu vida. No se me ocurría mejor forma de celebrarlo que contaros esta historia

En junio de ese mismo año, 1997, me encontraba en La Rambla de Barcelona, haciendo Dios sabe qué. A la altura del Burger King oí que alguien me saludaba. Eran Thomas Bangalter y Guy-Manuel de Homem-Cristo. True story. Todavía recuerdo vívidamente ese momento y todavía se me pone la piel de gallina. Por alguna razón, los miembros de Daft Punk se acordaban de mí. Por alguna razón, me saludaron. La noche siguiente tocarían en el Sónar y cambiarían la vida de miles de adolescentes, después de habérmela cambiado a mí, delante de una hamburguesería…

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Se cumplen 20 años de la publicación de Homework, de Daft Punk, el disco de tu vida. No se me ocurría mejor forma de celebrarlo que contaros esta historia.

 

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